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José Francisco Hidalgo Gago

Terminados mis estudios fui contratado por una multinacional inglesa para desarrollar mi profesión en Portugal. Y aunque en lengua, siempre sacaba malas notas; me atraía desde mi infancia la literatura. Obtuve algún premio de relato corto y también de poesía. Y aunque la importancia económica no era mucha y la publicidad nula. No obstante, hizo que mi afición a leer y escribir se mantuviera viva. Durante mi estancia en Portugal, un periódico diario de tirada nacional aceptó algunos de mis artículos sobre temas generalizados. Por aquel entonces, este país vivía una época bastante convulsa; y había que mirar con lupa todo lo que se publicaba. En ese tiempo dominaba bastante bien el idioma hablado, no así el escrito; por lo que necesitaba un corrector. Al cabo de varios años, regresé a España; y alternando con mi profesión continué publicando en algún diario sobre temas laborales. Lo que motivó que algún crítico me tomara por periodista. Ultimamente resido en Madrid, donde he publicado “Tierra húmeda” (2005) Un compendio de relatos cortos en colaboración con otros autores. La novela romántica “Crisantemos para Ana Mari” (2007) Que ha salido nuevamente reeditada. (Editorial Páramo – La Sombra de Caín) “Justicia o venganza”(2016) (Editorial La Sombra de Caín). Que en principio traté de que fuera otra novela romántica, y terminó convirtiéndose en una policíaca, romántica y de intriga. Aparte de alguna que no pretendo publicar, tengo en elaboración :“Las cárceles del alma” Un relato donde priman los sentimientos humanos, y próxima a publicar. Y “Los Dioses quieren sangre” Una recopilación y análisis realizado por un amigo científico húngaro al que he conocido en Rumania; y con el que  he compartido aventuras; malos y buenos momentos.

CRISANTEMOS  PARA  ANA  MARI

– CAPÍTULO UNO –

Las sombras se adueñaron de la ciudad como un gigantesco murciélago que posara sus alas sobre ella. Las calles quedaron desiertas. Los escaparates, los anuncios… perdieron su luz como mil resplandores más que se fueron con el día. El silencio va apoderándose de aquel ambiente espeso de verano y envuelve los edificios cual pesado manto, oscuro y enervante.

Las ventanas proyectan su mortecina claridad. La postrera llama que el día agonizante se resiste a perder. Sus reflejos se estampan contra las casas vecinas o se pierden contra el pavimento, igual que fantasmas huyendo entre la oscuridad. Los últimos sonidos, leves ruidos, puertas que se cierran con suavidad, el chasquido de un interruptor que se acciona. Una persiana que se baja… desaparece y se suman en el olvido de la noche que se aproxima, absorbiéndolo todo lentamente. La ciudad duerme. Oscuridad y silencio total se ciernen sobre ella. Las estrellas rutilantes e inquietas, como atentos centinelas la observan y velan con incansable celo desde un firmamento que parece alcanzarse con la mano y descansar sobre los esbeltos edificios que el progreso sembró por su extensa superficie. En tanto, un coche se acerca, lento, con imperceptible sonido hasta detenerse junto al antiguo inmueble donde, desde hace algunos años, tiene fijada su residencia el comandante Valbuena de Quesada. Se abre una puerta y la luz interior del vehículo deja ver al comandante en su impecable traje oscuro. Serio, circunstancial y sereno extiende su brazo hacia la guantera.

Luego apaga las luces del coche que parecen retirarse nostálgicas. Su esposa cierra con fuerza. Un golpe seco y un sordo chasquido rasgan el silencio como una puñalada hiriendo el aire denso y quieto de la noche. Un gesto de indignación se refleja en su rostro mientras se aleja del auto con paso firme y arrogante.

Valbuena empuja la puerta con suavidad. Se cerciora de que ha quedado cerrada. Introduce la mano en el bolsillo de su chaqueta y desliza el llavero en él. Levanta la mirada y descubre a su esposa traspasando el umbral de la vivienda.

Apresura el paso intentando alcanzarla, pero ella no se detiene. Acciona un interruptor a la entrada de la escalera y al instante una luz mortecina la envuelve con su velo transparente y suave. Se oye su pisar rápido y nervioso sobre los desnudos y dormidos peldaños. Detrás, el comandante trata de acortar camino. Se sitúa a su lado y ambos continúan la ascensión en silencio. Se oye el sonido de una llave girando en la cerradura. Valbuena detiene su paso y cede la vez a su señora quien, sin abandonar su aire enojado, se introduce rápida cual si de una carrera se tratara, a desembocar en la habitación matrimonial.

Valbuena cierra tras de sí. Lento, con mucha calma, como hombre de gran tranquilidad que es, y recorre el largo pasillo que le separa del dormitorio.

Desde la puerta la observa un instante y admira con tristeza su grácil y elegante silueta que, a oscuras, recortada sobre la ventana e iluminada por la luna que pone en sus perfiles un tono más juvenil sobre el fondo en penumbras de la habitación, más se le asemeja a una figura arrancada de algún lienzo del Greco que a la persona intransigente y suspicaz que es su esposa.

“Aún se mantiene joven”, piensa melancólico.

Le habla:

—Cálmate y acuéstate.

Su voz se pierde como un susurro que muere apenas nacido.

Desabrocha su chaqueta y se dirige apesadumbrado hacia la cama. Se sienta en ella y enciende un cigarrillo.

La llama del encendedor dibuja su rostro en la oscuridad. Han nacido algunas arrugas en su frente. Sus ojos ya no poseen el brillo de otros tiempos. Es el rostro de un hombre doblegado, maduro, experimentado. La lumbre de su cigarrillo se aviva rojiza con bastante regularidad.

—Acuéstate —vuelve a recomendarla con cariño—. Te conviene relajar. Estás agitada, nerviosa…

— ¡Acuéstate tú! ¡Yo no tengo ganas! —Su voz posee un tono amargo y ofendido.

—No te excites. Ya pasó todo. Ahora, por favor, recóbrala calma.

— ¡No ha pasado! ¡Ahora es cuando empieza! —dijo con ímpetu.

—Serénate y no grites tanto, por favor —Se levantó —.

Vas a despertar a Ana Mari.

— ¡Esa no habrá llegado todavía! Se fue a casa de los Ribera.

—No creo que los Ribera aún estén despiertos —Se paseaba por la habitación con el cigarrillo en los labios y las manos en los bolsillos del pantalón—. De todas formas, vas a molestar a los vecinos.

— ¡Me importan una mierda los vecinos! —Levantó más la voz—. ¡¿Acaso te ha importado a ti dejarme en ridículo delante de todos nuestros conocidos?!

— ¡Por favor! —Su voz adquiría un deje de amenaza.

— ¡No empieces con tus acostumbradas frases de apaciguador!¡Me están resultando antipáticas! —Guardó silencio y luego prosiguió casi con rabia— ¡Y hoy quiero gritar, chillar, despertar a los vecinos y a todo el mundo, si es preciso!

Valbuena cogió su cigarrillo, a medio consumir, entre el pulgar y el índice, y con una ligera presión lo arrojó hacia la ventana dibujando por encima de su esposa un arco luminoso que se perdió en el descenso.

Ella lo miró con odio.

— ¡Un día me vas a quemar con tu estúpida manía!

El comandante sonrió en la oscuridad. Después dijo irónico:

—Estoy pensando que si lo que quieres es gritar podemos coger el coche y nos vamos fuera, al campo. Allí podrás hacerlo hasta quedarte afónica.

—¡Ahora te da por bromear! —Sus ojos parecían dos ascuas colmadas de indignación y rebeldía— ¡¿Te parece bonita la escena que me has preparado?! —Respiró hondo. Su pecho se movía agitado como si dentro bullera una fiera acosada—. “Les ruego que la sepan disculpar… Ha bebido demasiado y esta tarde ha pasado cerca de dos horas conversando con la señora de Salinas. Ya conocen ustedes las creencias de esa buena mujer. Mi señora se deja influenciar con extrema facilidad…”. ¡Muy bien!, ¡muy bien!

Repetía las frases de su marido como si en ellas encontrar aun sedante para sí, y veneno para hacérselas tragar, allí mismo y frente a él, junto al lecho que todas las noches compartían.

Volvió a inspirar profundamente, ya más sosegada. Y encendió la luz de su mesilla.

— ¡Y el cabeza de momia ese, todavía se atreve a decir, entornando sus ojos de viejo renegado! —Al decir esto hizo una graciosa mímica imitando con tanta perfección los gestos del viejo y retirado teniente coronel Rodríguez Varela, que Valbuena no pudo disimular una ligera sonrisa al observar a su esposa—: “Querido amigo de Quesada, no deberías permitirle esas relaciones a Rosario. Búscale otra compañía. Que se distraiga sanamente”, ¡viejo estúpido! ¡¿Acaso intentaba ofrecerme la suya?! ¡Qué ganas me dieron de escupirle a la cara! —Estaba irritada. Sus manos crispadas en el aire parecían querer estrangular una imagen invisible.

Valbuena esperó a que se calmara.

—Bueno, Rosario, ¿quieres que terminemos ya? —Se había acercado a ella y la tomó por los hombros.

—¡Suéltame! —Con un brusco movimiento se deshizo de su presión.

—¡Sabes que no estoy bebida! ¡Nunca lo he estado!

—Pero hay veces que te pones un poco alocada.

—¡No es verdad! ¡Razono mejor que tú! ¡Y deja ya de insultar! ¡Es suficiente con las veces que lo has hecho durante toda la velada!

— ¡Eh! ¡Un momento! —El comandante levantó la mano como si tratara de poner orden—. ¿No querrás insinuar que yo he sido el causante del escándalo?

—Entonces, ¡dime quién otro ha sido!, ¡con tu absurda manía de querer pasar siempre desapercibido! ¡Que nadie tenga nunca nada que decir de ti! ¡Pues lo has logrado!¡Bonita faena la que has hecho!

— ¡Por tu culpa! No quiero que me tomen por un hereje. No me gusta que te metas a decir tonterías, y menos que piensen que yo las admito.

— ¡Pues las tendrás que admitir! ¡No pienso renegar de mis creencias!

– ¡Tonterías! —Valbuena se apartó de ella, y con un gesto de fastidio, prosiguió su interrumpido y lento paseo por la habitación.

-Creo que ya conté aquel incidente que me ocurrió el año pasado cuando venia de la playa de El Jadida.– Ana Mari estaba radiante; hablaba con entusiasmo, y en sus ojos precia brillar un fuego oculto que acentuaba la belleza de su rostro y avivaba la gran simpatía que la señora de Ribera sentía por ella.

Lena escuchaba atenta y la miraba con aquella sonrisa de admiración y aire casi ingenuo que la caracterizaba, haciéndola simpática y amigable con cualquier persona. El señor Ribera ,un tanto distanciado del pequeño grupo de mujeres, formado por la hija del comandante Valbuena, su propia hija y su esposa, esta mas como feliz y atento oyente, complacida con las anécdotas que las dos jóvenes se contaban con gran profusión de detalles, hacia algunas anotaciones en un libro que descansaba sobre sus rodillas.

De vez en cuando dirigía alguna mirada hacia su hijo Jaime que, al otro extremo del salón, leía o estudiaba ensimismado sin retirar la vista del libro que tenía entre las manos.

Andrés Ribera sin duda, sentía cierto deseo de comunicar algo a su hijo, pero, ya fuera por no molestarle o porque este nunca demostró sentir gran inclinación por los negocios de la familia, desechaba la idea de inmediato. Tanto el padre como el hijo eran meticulosos y ordenados, no tanto en sus opiniones, en las que demostraban tendencias bastante opuestas.

El señor Ribera continuaba transcribiendo datos de un borrador que a veces sacaba del bolsillo de su albornoz. Se trataba de una contabilidad que él particularmente guardaba en casa, anotando a un tiempo alguna que otra opinión o idea acerca de algún determinado cliente. Para este trabajo no le molestaba la conversación de la sala que, por otra parte se mantenía en un tono casi confidencial. Es más, con frecuencia cerraba el libro y entraba a formar parte de la misma.

Era un hombre ameno y altruista. Conocido y apreciado por clientes y amigos. Cordial y condescendiente con todo el mundo. Entre sus íntimos se encontraban varios miembros de la Embajada Española y algunos empresarios con los que mantenía una estrecha relación.

No era persona de costumbres arraigadas. Si se encontraba con sus amigos, rara vez era por coincidencia, sino, debido a algún común acuerdo planificado con anterioridad. Ya fuera para tratar cualquier tema de interés o simplemente para pasar un rato de simple charla. Por eso no era extraño encontrarle en casa. Siempre que sus negocios le dejaran un momento libre, volvía de inmediato al lado de los suyos. Su esposa no era a la que le agradaran mucho las relaciones sociales. Procuraba evitarlas siempre que le era posible y, su marido, conocedor de su carácter hogareño y familiar se había ido amoldando en lo posible a su particular modo de analizar la vida. A eso se debía que pasaran interminables veladas en casa, mayormente solos y agradablemente juntos, hablando de todo un poco y analizando la situación de sus negocios para los que la señora Ribera parecía tener un tacto especial que su marido apreciaba, y del que trataba de sacar provecho.

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