Saltear al contenido principal

Justicia o Venganza

CAPÍTULO I

Los carriles de subida a Sete Ríos estaban cortados. La policía se empeñó a fondo en lograr una vía alternativa. Habían sido avisados de lo que ocurría, pero se negaban a creerlo.      Cuando se personó la primera patrulla aún era noche cerrada y aquello parecía un cuadro dantesco. Luego fueron llegando más y dejaron la zona iluminada. Bajo la luz de los proyectores, aquella tramoya de cuerdas, y los tres cuerpos desnudos colgando bajo el enorme arco que cruzaba por encima de la carretera, semejaban una danza macabra que hubiera sido paralizada en el mismo instante de recibir la luz. Los observaban sobrecogidos sin saber qué hacer. Se miraban entre ellos esperando que alguno tomara la iniciativa. Nadie osaba abrir la boca.

—Habrá que bajarlos, ¿no? —dijo alguien al fin.

—Que lleguen los jefes y nos digan cómo —replicó otro.

Volvió el silencio.

—Joder… Esto es obra de locos.

De nuevo silencio.

— ¿Qué querían? ¿Adornar el monumento?

Los jefes, mandos intermedios y todo el personal que se hallaba deservicio llegaron en una hora. Aún era de noche y hacía un frío de mil demonios. Nuevas muestras de sorpresa y estupor entre los que iban llegando.

—Avisen a algún juez que esté de guardia.

— ¿De dónde?

—Al de esta zona, ¡cojones! ¡A cuál va a ser! —Y al instante— ¡Y que venga perdiendo el culo! Avisad también a la judicial. Y pedid un camión con pluma que tenga cesta.

—Sí. Habrá que subir al juez para que los examine de cerca.

— ¿Y el juez subirá?

—Es su problema. A mí me la suda. Pero la pluma la necesitamos para bajarlos.

— ¡Y cómo ostias los subieron!

—Lo sabremos cuando demos con los autores. Mientras tanto, haremos conjeturas.

La judicial hizo acto de presencia casi al mismo tiempo que el juez, acompañados como siempre de un interminable séquito.

— ¿Han comprobado si están muertos?

—Desde aquí abajo es imposible, pero —agregó sarcástico— señales de vida parece que no dan.

A esto le siguió una sesión de fotos desde todos los lados y ángulos.

El señor Ramalho se encontraba entre los presentes. Y con dos agentes que le seguían como su sombra, paso que el daba, paso quedaban ellos, buscaba la manera de poder observarles sin omitir el más mínimo detalle. Alguien que también se movía, la mayoría perecía mirar al cielo esperando un milagro aunque sin saber qué, pisó algo yal retirar el pie exclamó sorprendido:

— ¡Un dedo! ¡Le han cortado un dedo!

El señor Ramalho fue el primero en acercarse, y poniéndose en cuclillas observó con detenimiento sin osar tocar la prueba.

—Una linterna, por favor —pidió.

Y enfocando con la linterna, soltó un improperio.

— ¡Qué cojones de un dedo! ¡Esto es un pene! —e incorporándose —Busquen más. Son tres.

Al final aparecieron los otros dos, pero bastante desplazados del lugar de los hechos.

—Algún gilipollas, que en vez de a analizar ha venido solo de paseo. ¡Quédense donde están y déjennos trabajar o váyanse!

Varios efectivos fueron desapareciendo y los demás comenzaron a desalojar a un nutrido grupo de curiosos que se iban apretujando en las inmediaciones. Como diversos vehículos que circulaban en sentido contrario por la otra calzada, e iban deteniendo su marcha para observar.

El juez tampoco daba crédito a lo que veían sus ojos. Confesaba que no había visto cosa semejante en su vida. Tampoco comprendía cómo podían haber hecho aquello en una sola noche. Un trabajo que, a su entender, requería tiempo, mucha destreza y varias personas.

—Tenga en cuenta que media noche ya llevamos nosotros aquí.

—Más a mi favor.

Clareaba cuando llegó el camión pluma. Buscaron el punto más apropiado para acceder hasta los cuerpos, y el señor Ramalho se ofreció para subir con el juez. Ambos provistos de libreta y bolígrafo de una cámara fotográfica que este último llevaba colgada en bandolera.

Ya arriba, observaron detenidamente cada uno de los cuerpos. Tomaron notas, fotografiaron todos los detalles y comprobaron la disposición de las cuerdas. Todas ellas iban a rematar a ambos pilares del arco. No había ningún nudo, a excepción de los que sujetaban a los muertos. La misma cuerda que sujetaba a uno, sujetaba a los dos restantes. Les habían rodeado por debajo de los brazos y anudado por detrás. Y a dos metros del primero, habían repetido la misma operación con el segundo y luego con el tercero.

—No les podemos bajar por separado —dijo el señor Ramalho—.Necesitamos otra grúa más.

—¿Y eso? —preguntó alguien desde abajo.

—Están atados con la misma cuerda. Si soltamos a uno, se nos caen los otros.

—¿Y jugando con las trócolas que hay en los laterales?

—Eso podríamos hacerlo si tuviéramos cuerda sobrante. Pero quien lo ha hecho, la cortó. No quería facilitarnos la labor.

Hablando con su gente, lejos de oídos indiscretos una vez que se había apeado de la grúa, manifestó su opinión:

—Esto parece una obra premeditada y muy calculada. Aparte de asesino, tiene que ser una persona muy ingeniosa quien la ha planificado

—Mirando alrededor prosiguió mientras sus subordinados se mantenían en el más profundo mutismo—. Por lo menos tres personas bien organizadas y ágiles.

Nadie osaba abrir la boca. Todos perdían la mirada hacia arriba, hacia aquellos tres cuerpos desnudos que parecían marionetas danzando en el vacío y con los penes cortados.

¿Una venganza? Era la opinión generalizada. ¿De qué? ¿De alguna violación que todavía nadie había denunciado? Porque si no, a qué venía que les hubieran cortado los penes. ¿Y colgarlos en un sitio tan inaccesible como aquel? ¿Por un simple capricho? ¿Un aviso para alguien más? ¿O algún ritual que ellos desconocían?

El señor Ramalho procuraba verlo como un suceso más. Pero le intrigaba tanta labor y tan bien realizada.

—Viendo todo este despliegue, que parece casi de ingeniería, me atrevería a apostar que tampoco vamos a encontrar huellas. Porque aparte de las muestras de arena que tienen los cuerpos, y que ya nos indican que no murieron aquí, sino en alguna playa, y que los han colgado de este arco encima mismo de la carretera tan solo para llamarla atención o advertir a alguien más de lo que le espera, no creo que hallemos más pistas.

—Huellas, siempre queda alguna.

—Habrá que buscarlas. Esa es nuestra labor.

—Perdone si digo una tontería, pero ha dicho obra de ingeniería.

—Sí. Eso he dicho.

—¿A cuántos ingenieros conocemos?

El señor Ramalho dio un respingo. Se mantuvo unos instantes en silencio mirando a su subordinado y luego exclamó:

—¡No! No puede ser.

—¿Por qué no? ¿No les atacaron varios individuos y a su novia la violaron?

—Eso ya fue hace tiempo. Y él parece haber pasado página.

—¿Y si eso es lo que ha querido hacernos creer?

Nuevo silencio y profunda meditación del señor Ramalho. Todo era posible.

—¡No! —contestó concluyente— Conozco a los pocos amigos con los que se relaciona y no los veo capacitados para esto.

—Fue algo que se me ocurrió de pronto —contestó encogiéndose

de hombros.

—Has hecho bien. Lo tendremos en cuenta y lo comprobaremos arriba.

Con los dos camiones pluma colocados a ambos lados de la calzada, procedieron a sujetar la cuerda a otras dos maromas sujetas a las grúas, mediante varios perrillos fuertemente apretados. De esta forma soltaron de los pilares la cuerda que servía de soporte a los cuerpos, y así los fueron bajando paulatinamente hasta depositarlos en el suelo.

Una vez abajo, y cuando procedían a desatarlos, alguien reparó en que tampoco había nudos, como creyeron en un principio, sino una doble vuelta retorcida, donde la cuerda que venía de un lado se tensaba con la que iba en dirección contraria.

Antes de cubrirlos e izarlos a las camillas, alguien más reparó también en que uno de ellos tenía por un lateral de la cabeza el pelo chamuscado.

—No había observado eso —reconoció el señor Ramalho, y le sacó otra foto a ese detalle—. ¿Podemos irnos ya?

—Creo que sí.

—Entonces esperemos a que el forense haga su trabajo y conozcamos quienes son.

La prensa y la televisión comenzaban, solo ahora, a hacer acto de presencia. El señor Ramalho sonreía.

—Esta se os ha escapado —dijo, o más bien, pensó en voz alta—.Ya llegáis tarde.

Media hora antes habían pasado pidiendo el abono de las consumiciones en una clara alusión de que se disponían a cerrar. Pero Alberto no se dio por aludido. Ahora debían levantarse. En la plaza ya se veía poca gente. Y casi todos la utilizarían de dormitorio hasta que el sol del amanecer, cálido y suave, les hiciera salir de su letargo.

—Hay una cervecería en Almirante Reis que aun debe de estar abierta.—propuso Alberto.

—¿Me estás proponiendo que vayamos?.

—Si.

—¿No te parece ya bastante tarde?.

—Ahora que te he encontrado no quiero dejarte.

Estaban al lado del coche de Alice y esta se disponía a abrir.

—Te acerco hasta tu coche y nos vamos a dormir.

—A dónde.—bromeó Alberto.

—Yo a mi casa y tu a donde quieras.

—Pues yo, mira tu por dónde, también quiero ir a tu casa.—Rieron de nuevo y Alberto, agradeciendo la velada, dijo que no era necesario. Que paraba a un paso de donde estaban.

—Entonces hasta mañana.

—A la misma hora—contestó Alberto—Te esperaré.—Mientras hablaba acercó la cabeza para darle un beso; pero más que dárselo pareció querer robárselo como un tímido colegial, en un arranque de decisión. El gesto de Alice, debió ser otro impulso parecido; porque terminó en un testarazo aunque sin mayores consecuencias. Se apartaron de inmediato y mirándose estallaron en una sonora carcajada.

—¡Joder!.—exclamó Alberto.—¡Cómo besas!

– ¡Dios mío!¡Que no nos haya visto nadie!.—fue la expresión de Alice mientras le echaba los brazos al cuello…

Crítica editorial

La novela tiene un inicio impactante y algo desconcertante. Nos situamos ante la escena de un crimen con tres cuerpos sin vida apareciendo en circunstancias muy extrañas. No sabemos ni quienes son los fallecidos ni tampoco el por qué de su muerte. Es el comienzo de una historia llena de suspense que, en ocasiones, roza lo macabro. La obra es generosa a la hora de contar los acontecimientos, ya que como espectadores no nos perdemos nada, nos situamos en primera línea de observación. Además, las descripciones de los lugares en los que se encuentran los personajes tienen un gran nivel de detalle. Después de esa primera escena, el narrador nos presenta al que será el protagonista de la narración, Alberto, un español afincado en Portugal,  lugar donde trabaja. Este protagonista, Alberto, aparentemente tiene una vida normal en Lisboa hasta que se enamora de Alice. Debido a la aparición de este segundo personaje la vida de Alberto empieza a cambiar, y la trama de la obra con ella.    El narrador, omnisciente, es nuestro presentador, el que nos explica las situaciones y los personajes envueltos en ellas, sobre todo los protagonistas. El narrador transmite las sensaciones y sentimientos de los personajes con una gran facilidad. El personaje central tiene peso, importancia, volumen… pero el narrador le sigue en todo momento, sin invadir ese protagonismo. En ocasiones, el narrador hace saltos entre los protagonistas, centrándonos la mayor parte del tiempo en Alberto pero también introduciéndonos en la vida de Alice.

Entendemos que es una obra muy interesante, imaginativa y completa. Denota por un lado fantasía y amplitud de miras a la hora de encarar un proyecto tan absorbente y creativo como la escritura de un libro. No dejará indiferente a nadie. Esta obra es perfecta para todo aquel seguidor del suspense, y amante de las tramas en las que la venganza es el argumento principal. Además de todo ello, la novela hará que los lectores se cuestionen la conducta de los personajes, despertando diversas opiniones. Esta historia hará que aquel dicho, “la venganza es un plato que se sirve frio” cobre más sentido que nunca.

Ante todo resulta muy llamativo que, el narrador no nos hace una descripción de los personajes. Ellos mismos se definen en el discurrir de sus actos  y sus diálogos. Deja que el lector los defina según sus comportamientos.

Volver arriba