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Las Cárceles del Alma

CAPÍTULO I

Estoy malhumorado; asqueado de la vida, de la naturaleza; de Dios o de quien sea que organiza esta asquerosa existencia. Me ha dado durante toda ella, lo contrario de lo que mi espíritu anhelaba y encima se ha reído de mí. Ahora, a mi edad madura; me refriega por la cara todo aquello que siempre esperé. Me lo pone ante los ojos y me lo facilita como diciéndome:” ¡Cógelo!

¡Maldita sea! ¡No lo quiero!

Ahora no funcionaría.

Sería romper la ética que mi civilización me ha inculcado. Y arrastrar conmigo a una existencia colmada de verdades y desengaños a un ser que aun debe de experimentar sus propias mentiras. A un ser propenso a dejarse aun, seducir por nuestras hipocresías. A un ser maleable y encantador; codiciado por su lozanía y juventud.

¡Maldita sea! Mi conciencia razona; mi corazón sufre y mi intelecto se hace un lío.

Con una mano aparto, enfrío la tensión; y con la otra intento acercar aquello mismo que rechazo pero quiero. Me volveré loco; si no lo estoy ya. Y volveré loco a todo el entorno que me rodea.   ¿O será tal vez un espejismo; una ilusión? ¿Un acto más de esa comedia que la vida me ha obligado a vivir? ¿O tal vez estoy condenado a repetir una y otra vez todos los errores pasados?

Porque las circunstancias de la vida se repiten. O nosotros mismos; ya sea por inercia, o por falta de coraje y fuerza de voluntad, no estamos capacitados para hacer otra cosa que no sea copiar nuestro pasado. Nos engañamos a nosotros mismos repitiéndonos una y otra vez que no volveremos a caer en el mismo error. Que no volveremos a dejar las puertas abiertas para que una nueva ilusión nos invada y como un torbellino, rompa todas nuestras barreras. Pero eso es lo que ocurre, una y otra vez. Y una y otra vez, volvemos a cabalgar la misma montura, despreciando la silla y desconfiando que a mitad de camino te va a descabalgar. Pero sueñas con que te puede llevar hasta el final. Porque esa ilusión es la que alimenta tus fantasías; y tal vez de vida y hasta incluso materialice tus sueños.

He dicho que las circunstancias de la vida se repiten. Al menos tienden a repetirse.

¿Quién no ha estado viviendo alguna escena que en un momento determinado; y tras una ráfaga que chispea en su mente, piensa que eso ya lo ha vivido?

Mi caso es una evidencia. Y tan solo me refiero a las circunstancias y a las consecuencias del tratamiento que le di. ¿Erróneo, tal vez? ¿Acertado quizás? Nunca lo sabré. La verdad es que; después de un matrimonio, maltrecho y bombardeado desde dentro por el propio entorno familiar. Continuas discusiones que transcurrían como un soliloquio donde el único actor con guión parecía ser yo. Incapaz de poder cortar los arbustos de raíz, estos fueron creciendo y solo me quedaba el vergonzante desahogo de golpear los tallos. Mis golpes tan solo eran verbales; pero por veces son los que más daño hacen. Y para evitar una y otras situaciones alejé mi espíritu y también mi cuerpo durante más horas, del hogar que compartíamos. Mi corazón así, quedó expuesto a las amenazas externas.

E igual que ocurre con las alimañas; y en su conjunto, con la gran mayoría de animales; que lo mismo que olfatean el peligro también olfatean el alimento, no tardé en ser presa de atenciones y cariños. Y mi resistencia fue pasiva en todo momento. Mi mente, como siempre, se resistía a comprenderlo. No, a admitirlo.

Yo le sacaba bastantes años; y ella a mí, bastantes centímetros.

No es que aquello me resultara novedoso. Pero si un poco impactante.

Te imaginas en una carretera que crees conocer; con un vehículo que ya ha hecho muchos kilómetros y al que no quieres forzar porque entiendes que es una buena marcha, para el y para ti. Pero de pronto, cambias de copiloto y sin saber cómo; sufre un acelerón progresivo y temes que, ni el coche lo soporte ni la carretera sea la adecuada. Pero te sorprende comprobar que el motor parece otro; y que la carretera se convierte en autovía.

Luego, llegan las paradas. Hay que repostar y trazar rutas.

El espíritu más joven busca la improvisación; y ante la cordura, impone el qué más da. Toda una vida por delante le permite incluso, esas frivolidades.

Pero la edad y la experiencia, te hacen acreedor a una razón; que aunque solamente sea la tuya,  pero cargada de lógica, pesan en tu conciencia. Individual y colectivamente.

Y frenas. Dejas que la inercia aleje esa ilusión mientras tú, te quedas plácidamente apoltronado en tus convencionalismos.

Sientes miedo a emprender un viaje hacia lo desconocido.

Te atrae; pero lo temes. Porque esos mismos convencionalismos en los que te han educado, han hecho de ti un cobarde.

Pero tu conciencia; al igual que todo tu ser, está intranquila e insatisfecha.

Has tomado una decisión que tu mismo espíritu, se resiste a aceptar. Y aun ignoras que la has tomado. Piensas que el mundo; cuando tú te detienes a meditar, se queda quieto a esperarte. Y te equivocas.

El mundo sigue girando y no se detiene por ti. Tú eres nadie para el resto; como puede ser una hormiga bajo tu pie.

Luego te lamentas. Porque tu corazón sigue diciendo adelante; y tu mente: déjalo pasar.  Y no soportas esa presión de que las cosas no vayan como tú quieres. Pero es que tú, tampoco sabes lo que quieres. Te has convertido en un inconformista que lo quiere todo; pero que no se atreve a complicarse con nada.

Quieres sentir la adrenalina en tu cuerpo; pero sin moverte de la grada. Y para eso, hay que exponerse delante del toro.

Y todas tus incertidumbres; nacidas de tu peculiar forma de analizar la situación, las expones ante alguien que te escucha. Pero nunca te paras a pensar: ¿Por qué me escuchan?  Cuando sabes que soportar la conversación de un borracho o un enamorado, es  de lo más deprimente y monótono del mundo.

Y solo te das cuenta, si alguien desde fuera te golpea en la cabeza y te advierte: “¡Abre los ojos!”

O la propia confidente; harta ya de nuestra miopía, nos pregunta si estamos ciegos.

– Yo no quiero ser tu confidente; quiero algo más.

Y se te alteran los esquemas. Bajas de golpe de la nube; y al pisar el suelo, sientes como tu cuerpo sufre el zarandeo del golpe. Y te quedas mudo porque no sabes cómo reaccionar.

Pero te dejas llevar. No tienes voluntad para marcar tú el camino. Además; con tantas confidencias, conoce de ti, lo que tu mismo ignoras. Y te da lo que estas necesitando.

No te lo ofrece. Te lo da sin más.

Y emprendes ruta por otra autovía, sin saber lo que te va a costar el peaje.

Sabemos que todo tiene un precio. Y que si algo se quiere, hay que estar dispuesto a pagarlo.

Pero al final te preguntas: ¿Ha merecido la pena?  ¿He sido un elemento que ella necesitaba para conseguir lo que quería; y cuando lo logra, te dice que te apartes. Que aun es joven y quiere vivir su vida?

Con vínculos o sin ellos, esa es la gran mentira. Pero por desgracia, esa es también la vida. Se destruyen edificios para construir otros en el mismo solar. Y la mayoría de las veces; lo único que se mejora es la estética. La funcionalidad se pierde.

Y vuelves a quedar libre.

Tal vez, mas que nunca.

Tu cerebro pierde la forma y se convierte en un signo de interrogación.

Un “comic” que no te hace gracia.

Y te convences de que debes enfocar la mirada hacia delante. Atrás, solo queda destrucción. Nostalgia, resentimiento; pero tú eres el solar y el constructor.

El primer edificio lo echas abajo; para construir otro endeble y sin cimientos que se cae por sí solo. Y no te arrepientes; pero has aprendido la lección. Y tomas la decisión, de que aunque ahora te has quedado sin techo,  abandonas la construcción

Pero lo mismo que cuando buscas un taxi, nunca aparece; decides no necesitarlo y vienen todos a ofrecerse.

Cierras los ojos y sigues adelante.

Pero con los ojos cerrados, tampoco puedes andar por la vida. Crecen los obstáculos y las posibilidades de romperte las narices.

Los abres de nuevo.

Y vuelves a quedarte indefenso y expuesto. Y florecen ante tus ojos, infinidad de proyectos que, como cantos de sirena, distraen tu atención. Unos pasan por tus manos y otros los descartas. Te has hecho más selectivo. Aunque ya, no tan cobarde. Sabes lo que quieres. Y en realidad, no buscas nada. Has empezado a amar tu independencia.

Pero esa voluntad también es efímera. Se rompe cuando aparece ante tus ojos, alguien que te representa una reencarnación. Casi su misma imagen. Un compendio de sus virtudes, adaptadas a tus gustos y preferencias. Las mismas ganas por vivir; y un sin fin de sueños para realizar. Mis propias aficiones y proyectos sumados a sus aspiraciones. Como una broma del destino, difícil de digerir y también de rechazar.

Insinuaciones que hacen pensar en una injerencia emocional de un hecho no   consumado, pero asumido. Como la continuidad de algo que el destino rompió; pero no la voluntad de los interesados. Como un ser seleccionado a propósito para satisfacción visual y espiritual de un corazón ya dolorido. ¿Y cómo no?  El pensamiento retrospectivo  que evoca un  pasado que pudo ser, aunque no fue; materializado en un fruto a imagen de ambos.  Pero, ¡Maldita sea! No puede ser. Me volveré loco porque; por segunda vez debo decir adiós.

Esta amargura la mastico solo. No quiero confidentes que me trunquen el camino ni desvíen mi atención.

¡Maldita sea! ¡No permitiré que eso ocurra de nuevo!

Pero de nuevo, la rueda de la vida; vuelve a jugar su papel.

Alguien lo intuye, lo conoce o lo descubre; y se te acerca para ayudarte a olvidar.

Me alejaré. Me apartaré y completaré mi existencia sumido en recuerdos y añoranzas mientras curo mis heridas; aunque broten cada día y supuren de continuo amargura y desolación.

Aquella tarde apareció como una reina. Quedaría mejor decir, como una princesa de cuentos de hadas. Su físico y su manera de vestir no atrajeron mucho mi atención. Pero su semblante risueño, me atrevería a decir, angelical; y su larga melena rubia, al atravesar la puerta y entrar hacia el local dándole el sol de espaldas, le creaban reflejos de oro en torno a su cabeza y la acercaban hacia mí como la viva imagen de una diosa. Ya en la penumbra del local; viendo su rostro de cerca y escuchar su cantarina voz, me pareció tener delante una aparición. O  un reflejo del pasado. Me quedé mudo y sobrecogido. Se agolparon en mi mente mil recuerdos; y mi corazón se agitó y oprimió con sensaciones nostálgicas y sentimientos aun vivos que yo creía desterrados.

Recordé su nombre. En verdad, nunca lo había olvidado. Hasta creo que lo pronuncié en voz alta. Si ella; la persona que ahora tenía delante, lo escuchó; estoy convencido de que no lo asoció con nada. En todo caso pensaría que había oído mal o que yo; no había pronunciado el suyo bien.

Por qué negar que sentí una atracción especial desde aquel mismo momento. Y ella fue descubriendo en mí a una persona sensible; llena de atenciones y delicadezas.

¿Hacia ella? ¿Hacia lo que me recordaba?

Muchas veces me paré a analizarlo y nunca llegué a conclusión alguna.

Pero ahí estaba yo; confundido y perdido. Y ella contando conmigo para todo.

Mi sensibilidad era extrema. Nacida de esa resignación que sobreviene después de haber sufrido un revés del que en gran parte te sientes culpable. Intentas olvidar todo, pero no puedes. Muy al contrario; se agolpan todos tus recuerdos en el cerebro. Y todo tu pasado discurre por tu mente como una película en la que cobran especial relevancia tus errores. Y si algo te recuerda los momentos agradables, te aferras a ello como única tabla de salvación. Con ello logras tu propio consuelo al tratar de aliviar el sufrimiento de los demás. Y de ahí nace un afecto, un reconocimiento, una comunión y una confianza que por veces resulta imposible de definir.

Fueron unos meses, realmente inolvidables. Aunque suscitaban las malas interpretaciones de quienes nos conocían.

Ella vivía su soledad; y yo la mía. Eso nos convirtió en dos seres que se comprendían y se escuchaban; y se daban ánimos mutuamente para seguir adelante. Su soledad era nostálgica. Estaba lejos de sus padres, familiares, amigos; y de todo aquello que la acompañó durante su niñez y parte de su juventud.

Yo en cambio, ya estaba en una edad madura; y mi  soledad era otra.

Había traspasado ese puente sin retorno; rumbo a lo desconocido. Había quemado naves; y también me las habían quemado. Para retroceder, ya no existían medios.

Y sigues adelante; sacando fuerzas aunque no sepas de dónde.

Procurando no mirar atrás para no convertirte en estatua de sal; como la mujer del bíblico Lot. Y odiando al mismo tiempo, ser un pájaro enjaulado.

Aunque esa jaula fuera de oro, seguiría siendo un cautiverio.

Por eso su llegada; fue como un soplo de aire fresco que estremeció la jaula y rompió con los barrotes, dejando que el sol entrara a raudales.

Habla de sus proyectos. Son los mismos que teníamos.

Pongo con suavidad mi mano en su barbilla y le giro la cabeza para verla de frente.

-¿Quién eres? – le pregunto mirando intensamente sus ojos.

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